Día de la Independencia

Hay consejos que nunca se olvidan. Y uno de ellos fue el que me dio una de mis grandes amigas de vida cuando la llamé en uno de esos tantos días de oscuridad en los que uno cree haber tocado fondo. Estaba dispuesta a dejarlo todo para regresar a mi país, de donde sentía nunca debía de haber salido. 

Experta en temas de migración, no sólo porque trabaja en el programa de asilo a refugiados de la Alcaldía de Amberes (Bélgica), sino también porque salió de Colombia hace 15 años, me dijo cargada de sabiduría y empatía: “siempre que te sientas así, recuerda el motivo por el que te fuiste. Esto te dará aliento para no salir corriendo”.

En ese momento, salí corriendo sí, pero no de regreso a mi tierra natal (Colombia), sino a los brazos de mi esposo, quien se encontraba en la habitación contigua y era la razón por la que yo había tomado vuelo hacia los Estados Unidos. Lloré a cántaros y desde entonces me prometí liberarme del sufrimiento que me causaba el destierro y del que yo era la única responsable.  Además del amor, nadie me había obligado a estar allí, por lo que había llegado la hora de ponerle la cara a dicha decisión.

Entendí que si el Universo me había situado en ese lugar era porque allí había un aprendizaje esperando por mí. Una lección que no hubiese podido recibir en ningún otro lado y con ninguna otra persona distinta al hombre que había elegido para caminar junto a mí. Así que confié, solté y dejé de llevarle la contraria a mi destino. 

“Si el amor por un hombre había sido capaz de sacarme de mi país, el mismo amor me daría la fuerza para sobrevivir en uno nuevo”.

Hoy puedo decir que el día en que me despojé de tanta terquedad, capricho, inmadurez y hasta estupidez la vida empezó a sonreírme. Dejé de resistirme al hecho de vivir en USA y entendí que era tan simple como que, si en algún momento sentía la necesidad desesperada de regresar, solo estaba a cinco horas de vuelo. Recordé que existe el teléfono, el correo electrónico y el face time para conectarme con mis seres queridos las veces que sea necesario. Y, mejor aún, vino a mi mente la idea de que mis amigos y familiares siempre me van a amar y a estar ahí para mí independientemente del rincón del planeta en el que yo me encuentre.

Me di cuenta de que durante mis primeros años en un país ajeno me había privado de tanto innecesariamente que me puse en la tarea de recuperar cualquier minuto desperdiciado. Le perdí el miedo a hablar inglés, a ir de compras por mi propia cuenta, a contestar el teléfono cuando se trataba de un número desconocido, a pagar los impuestos sin pensar que podría meterme en problemas, a ser madrastra de una adolescente 100% gringa, a salir de vacaciones sin imaginar que a la entrada me iban a interrogar en un cuarto oscuro y desolado, a visitar a los médicos sin sentir que ellos estaban en desventaja al no conocer mi historia clínica, a transitar por las autopistas al ritmo de los demás y a enfocarme en lo extraordinario de este pedazo de tierra que me había acogido. 

Poco a poco fui tomando lo mejor de los dos mundos, lo que me servía de cada uno para de este modo crear la mejor versión del mío propio. Poco a poco entendí que no sólo tenía que vestir la camiseta tricolor cuando jugara fútbol la selección de mi querida Colombia, sino también podía izar la bandera de estrellas cuando en mi segundo hogar celebrarán una fecha especial como el 4 de julio. Ser parte de uno no quería decir que estuviera traicionando al otro. 

Entendí que el día en el que di el sí en el altar, no solo se lo di a mi esposo, a su familia y a su perro, sino también a la cultura de la que él hace parte, la que lo vio crecer y le ha regalado sus mejores años. Y que así como él se emociona tanto como yo al ver el cambio de guardia presidencial en la Casa de Nariño en Bogotá, yo también puedo vibrar con el desfile de independencia que llevan a cabo en USA para conmemorar esta fecha.

Hoy me visto de rojo, azul y blanco, pero en 16 días, cuando se celebre la independencia de mi patria querida, este último color le cederá el turno al amarillo. Porque no soy un país y tampoco soy el lugar en el que vivo. Simplemente soy una mujer que vino a este mundo a ser feliz y que si eso significa dividir mi corazón en dos para obtener un doble aprendizaje, lo voy a hacer. Siempre recordando que no necesariamente donde nacimos tenemos que morir. 

8 comentarios en “Día de la Independencia

  1. Bella historia Eve muy oportuna para este momento de vida en mi familia que decidimos emprender un nuevo rumbo y construir una vida nueva en Israel. ♥️🤲🇮🇱

    • Me alegra que mi relato pueda iluminar el nuevo camino que tú y tu familia han emprendido. A gozarse este destino y a enfocarse en sus maravillas y no en sus carencias. Un abrazo

  2. Muchas gracias, siempre siempre aprendo de ti, de tus historias, de tus aprendizajes y sobre todo de tus reflexiones, continuo en un tema personal, del que aún tengo que hacer aprendizajes, pero de seguro leerte o escucharte siempre me dan herramientas. Gracias Eve.

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