Tacones rojos

Hace tres días me contactó un antiguo enamorado. Tan antiguo que ni siquiera recordaba tener grabado su número en mi teléfono. El motivo de su llamada no era otro que preguntarme si podía incluirme como referencia laboral en algún trabajo del pasado que habíamos realizado juntos. 

Luego de aceptar, empezamos a charlar y por algún motivo recordé un vergonzoso incidente que había vivido con él mientras salíamos. De hecho, él fue mi primera cita luego del divorcio con mi anterior esposo, lo que significó un gran paso a la hora de aceptar su invitación a comer. 

Pero no tan grande como el que estaba por dar esa noche. Nos encontramos a las 8:00 p.m. en mi apartamento y de ahí solicitamos un taxi juntos, de modo que pudiéramos tomarnos unos tragos sin preocuparnos. Recuerdo que estaba vestida de negro. Excepto por los aretes y los zapatos, que eran de color rojo encendido. Los últimos eran imitación gamuza y tenían una altura de casi ocho centímetros. 

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A decir verdad, me sentía súper sensual luciéndolos, no sólo porque contrastaban muy bien con el vestuario y estilizaban mi figura -en ese entonces voluminosa-, sino también porque me acercaban un poco a la altura de aquel hombre, que debe estar cercana a los 1,80. Vale aclarar que yo mido apenas 1,56, lo que significaba un gran logro. En especial, si, por alguna razón, estaba planeando besarme durante aquella primera cita. 

El restaurante seleccionado estaba ubicado en La Zona G, de Bogotá. Se trataba de Cono Sur, un concepto de comida casual, que le restaría tanta parafernalia al encuentro. Ya estaba lo suficientemente nerviosa como para, además, tener que ir a parar a un establecimiento de mantel, con copa de agua, vino y champaña, menú degustación, chef de renombre y cubiertos para entrada, plato fuerte y postre. De hecho, la elección la hice yo, asegurándome de que no pasará de ser una cita informal. 

Paso en falso

Le pedimos al conductor del vehículo que nos transportaba que nos dejara sobre la carrera 5ta, de modo que solo tuviéramos que avanzar unos cuantos metros hacia nuestro destino. Pero sucedió lo inesperado: al girar en la esquina, di un mal paso y caí sobre el andén cual larga soy. Los tacones rojos habían perdido todo su sex-appel para entonces convertirse en el arma mortal, que me dejaría mal parada esa noche. 

No fui ni siquiera capaz de levantarme de la vergüenza tan grande que tenía, al punto de que mis mejillas adoptaron el color de los zapatos por un momento. Por fortuna era de noche y la iluminación de la zona era bastante tenue. Cubriéndome tímidamente el rostro, dirigí mi mirada hacia él y solo atiné a decir: “¡los andenes de esta ciudad tienen huevo!”. Como para rematar, lancé una expresión un tanto vulgar, que, sin lugar a dudas, podría espantar a mi pretendiente. 

Él, muy caballeroso, no se río aunque creo que por dentro estaba reteniendo una enorme carcajada. Extendió su brazo y me ayudó a levantarme. Con el tobillo tronchado, pero dándomelas de valiente, seguí caminando hacia el restaurante. 

La velada resultó un desastre. Ni siquiera recuerdo de lo que hablamos esa noche, pues mi mente no podía salirse del estado de vergüenza y frustración en el que me encontraba. Lo que deseaba que fuera una cita perfecta había resultado todo lo contrario y me culpaba por ello.

El beso que tenía en mente durante esa salida había sido reemplazado por una aparatosa caída

Tampoco disfruté de la comida y eso ya es mucho decir. Las imágenes de la caída se repetían una y otra vez. Solo deseaba que la velada terminara, que yo pudiera regresar pronto a mi casa para descalzarme y archivar esos tacones rojos que tanto me habían defraudado y que, en mi cabeza, eran los únicos responsables de que esa noche no hubiera habido beso. 

Lo increíble de la historia es que cuando le mencioné a aquel hombre el incidente, mientras charlábamos días atrás, él me respondió: “¿En serio? ¿Eso pasó? No me acuerdo en absoluto” ¡Quedé deslumbrada! No podía creer que le hubiera dado tanta importancia a un hecho que él había borrado del todo de su memoria y que hubiese destinado por tantos años un espacio en mi archivo para castigarme. Lo que yo pensé que había sido un ‘oso‘ gigante para este personaje terminó siendo un simple tropiezo. 

Fue entonces cuando entendí que el mundo no gira en torno de mí, que la forma en que me veo a mí misma es diferente a la que me perciben los demás y que soy solo yo la responsable de que mis pensamientos gobiernen y agobien mi mente.

Hoy, desempolvé aquellos tacones rojos, que vuelvo a vestir con orgullo como un gran recordatorio de que de las caídas hay que levantarse con la frente en alto. 

6 comentarios en “Tacones rojos

  1. Haces muchísima falta en instagram pero siempre es bueno leer tus historias en este blog. Como siempre me hacen pasar unos minutos muy agradables y en serio que transmites las enseñanzas que cada una de ellas te deja.

    • Hola Silvia! También los extraño un montón, pero te cuento que pronto estaré por lanzar mi nuevo podcast, así que estás súper invitada. Estará atado con una nueva cuenta de IG, así que te espero por allá. Envíame tu correo para notificarte cuando ya esté al aire. Un abrazo enorme y me alegra que disfrutes leerme tanto como yo gozo escribiendo. Besos y abrazos chicuelita

  2. Solo tu puedes describir una cita fallida de una forma tan maravillosa, con tus palabras pude imaginarme el momento tal como si hubiera sido testigo de la aparatosa caída.

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