Cuarentena minimalista

Cuando me preguntan dónde vivo, nunca sé qué responder. De hecho, al llegar a USA y escuchar que el oficial de inmigración me dice: “Welcome home (Bienvenida a casa)”, me suena extraño. Y es que, si bien tengo una Green Card que me acredita como residente de ese país, cada vez que regreso a Colombia, mi lugar de nacimiento, tengo la sensación de que jamás me hubiese ido tres años atrás. 

Una de las muchas razones por las que me siento así es porque tanto en el apartamento de soltera que aún conservo en Bogotá, como en la casa de recreo que tenemos en una población cercana de Cundinamarca, guardo ropa, algunos accesorios y hasta productos de cuidado personal. De hecho, la mayoría de las veces viajo sin maleta, dado a que tengo todo lo que necesito en ambos lugares. Esto solo cambia en Navidad cuando se une a mí una fila de equipaje cargado de regalos para familia, amigos y colaboradores. 

Al principio me resultó un poco agobiante decidir qué prendas dejar en cada sitio, pues las necesidades son muy distintas en cada uno de ellos. En Austin (Texas) debo tener de todo un poco, ya que es donde permanezco la mayor parte del tiempo y, debido a las estaciones, es preciso rotar el guardarropas cada temporada. Así que allí puedo tener desde guantes, abrigos, bufandas para el frío, botas para la nieve, zapatos especiales para hiking, hasta sandalias, trajes y salidas de baño, camisetas sin mangas, vestidos vaporosos, que hagan soportable el intenso calor de verano, y una extensa colección de tenis para ejercitarme. Esto, sin contar que también dispongo de vestidos de cóctel y tacones para cuando salimos de noche o algún cumpleaños familiar se aproxima. En cuanto a los accesorios, la variedad es la misma: desde aretes brillantes para una velada de fiesta, hasta enormes y coloridas candongas para lucir en mis días de piscina o BBQ.

El armario de Ricaurte (Cundinamarca) fue el que quedó dotado con menos prendas.

En lo que respecta a la capital colombiana, allí reposan principalmente botas hasta la rodilla, pantalones de cuero sintético, piezas de animal print, jeans, chaquetas largas, blusas formales y accesorios sobrios y discretos, que me permitan estar a la altura de una ciudad en la que el común de la gente permanece muy bien arreglado. Unos que otros tenis se cuelan también en este listado, así como ropa deportiva para ir al gym, hacer ejercicio en casa, caminar hasta la plaza de mercado o transitar por la ciclovía los domingos. Ah, porque eso sí, si algo tienen en común todos estos destinos, es que en sus closets tengo ropa para entrenar. 

Cuando hice esta distribución, antes de irme a vivir al país del Norte, me prometí no comprar nada nuevo, sino simplemente distribuir las pertenencias que siempre he tenido entre estos tres rincones del mundo. Lo curioso de la repartición es que a la casa de tierra caliente que tenemos en el municipio de Ricaurte, trasladé lo peorcito del armario: los primeros tenis que compré hace ocho años, cuando descubrí el mundo del fitness, la ropa interior más desgastada, las camisetas que en alguna lavada se habían blanqueado con Clorox, los shorts con rotos traseros o delanteros, la pijama que estaba por sacar del armario para donar, las enormes batas que usaba antes de bajar peso, los bikinis cuya tela estaba ya molida y con mota, las pantuflas que compré alguna vez en rebaja de 2 x 1 y tres pares de aretes. 

Dentro de mi kit de ejercicio, solo dos lycras, dos tops, unos guantes deshilachados para alzar peso y el reloj menos preciso para medir pulsaciones. Me parecía más que suficiente para las cortas estadías que tendría oportunidad de pasar allí. Tan cortas, que siempre quedaba antojada de más y, al partir de este lugar, me dirigía en voz alta al Universo y le pedía: “permíteme algún día dejar todo atrás, desconectarme del mundo y poder disfrutar de esta casa por, mínimo, un mes”. 

Mi repertorio para ir a la piscina, salir al mercado y hacer ejercicio.

De ahí, que tampoco incluyera maquillaje, productos para el cuidado del pelo, cremas para hidratar la piel, serum ni tónico facial y mucho menos exfoliantes, agua de rosas y loción antiarrugas. Éstas todas las reservé para USA y solo las más necesarias para Bogotá. 

Mis 4 ‘chiros’

Pero el milagro ocurrió y el Universo respondió a mis súplicas el día en que el COVID-19 me agarró por sorpresa en este último sitio, dándome el gusto de pasar la cuarentena a solas, apartada de mi realidad, lejos de la rutina y disfrutando de la imponente naturaleza que se asoma por cada ventana de la propiedad. 

Me despierto con el cantar de los pájaros; al levantarme de la cama, me topo con un imponente y colorido amanecer; me tomo la primera taza de café en el jardín mientras absorbo el aroma de los árboles de limoncillo que bordean el predio y en las noches, luego de que ceno viendo las estrellas, salgo a caminar o a montar bicicleta mientras la brisa húmeda y templada golpea con gracia mi rostro, al tiempo que revolotea mi pelo.

Los mismos que hoy carecen de menjurjes de belleza, tratamientos de reparación para las puntas, hidratación, anticaída y antienvejecimiento, teniendo que recurrir, más bien, a alimentos que tengo a la mano, como la sábila, la avena, la miel, las claras de huevo y el aceite de coco, sustitutos perfectos para cumplir dichas funciones. 

Ha sido mágico darme cuenta de que se necesita tan poco para sentirse tan pleno. Parezco un retrato, eso sí. Pero, qué más da. Lavo, restriego, escurro, dejo secando al aire libre, vuelvo a ponerme los mismos cuatro ‘chiros’ con los que riego las plantas, voy al mercado, hago ejercicio, recibo el sol en la piscina, me conecto para mis consultas on-line, me tomo unos tragos con mis amigas por Zoom y tengo citas virtuales con mi esposo. 

No hay una ocasión especial ni un motivo para usar brasier, para calzar zapatos y mucho menos para que cuelguen de mí aparatosos accesorios, que me impiden recostarme con tranquilidad en la banca de afuera para escuchar los pájaros y contemplar el atardecer. 

Quedaron atrás los tiempos en los que las prendas de vestir adornaban el cuerpo, para que ahora únicamente la belleza interior ilumine el entorno y los pies descalzos nos permitan avanzar por el camino de la vida. No será fácil retornar a la realidad, pero si lo será depurar el par de closets que me esperan una vez vuelva a ella. 

8 comentarios en “Cuarentena minimalista

  1. Hace cinco años te conocí en un Homecenter, recuerdo que te ayude a cambiar las plumillas de tu carro y hablamos un rato muy largo, dentro de esa conversación me hablaste de tu sitio y lo seguí, y desde entonces siempre disfruto de tus escritos, son geniales, adicional que siempre que te leo, recuerdo mucho como nos puede cambiar la vida, por qué me hace recordar de donde venimos y como todo puede mejorar con trabajo, no sé si te acuerdes de mí pero te mando muchos saludos… Y sigue contandonos tus historias … Personalmente las disfruto mucho.

    • Por Dios cómo no recordarte!!! Fuiste un ángel en el camino y debo confesarte que hace mucho tiempo no me alegraba tanto con un mensaje ¡Me llegó al alma! Gracias por tomarte el tiempo de leerme, pero en especial de escribirme. Me voy a dormir feliz con tus palabras. Un abrazo lleno de luz para ti.

  2. Me alegra mucho saber de ti…. gracias por tus palabras con las cuales me siento identificada. Eres una persona admirable y te
    Ante te extrañe y se que yo muchos también los han sentido así
    Muchas bendiciones.

  3. Hace mucho tiempo no sabía nada de ti… incluso, unos dias atras, te busque en mi instagram sin resultado. Hoy en mi trabajo debí buscar un mail y buscando y buscando en mis archivos encontré una entrada tuya al blog y dije: “woooow te llame con la mente… leí tu escrito y como siempre aprendí un montón…
    Gracias por enseñar tanto y por dejarnos saber de ti un poco!!!

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