Shopping espiritual

Hace algunas semanas por poco atraco un supermercado. Sí, así como lo oyen. Estuve, en cuestión de segundos, de pasar de ser una honorable ciudadana a convertirme en una repudiada ladrona. El culpable: un suculento surtido de carnes maduradas con el que me topé en una nevera mientras hacía las compras de la semana. Tengo que decir que no es un producto que acostumbre a incluir, pero, por tratarse de la cuarentena, quise darme ese gusto. 

Me lo podía imaginar sobre unas crujientes tostadas de pan baguette con queso de cabra y ciruelas fileteadas en delicados trozos. De inmediato se me hizo agua la boca, pues si hay una combinación que ame en el mundo es esa. Incluso para maridarlo y tener una experiencia gastronómica completa y fascinante, me dirigí hacia la sección de vinos y elegí una botella de Merlot, mi cepa favorita. Aprovechando que estaba con el 30% de descuento, no podía dejar pasar esa oferta. 

Cuando llegó la hora de pagar, me acerqué a la caja con el carrito lleno, tanto que hasta tuve que ubicar los productos de aseo en la bandeja inferior. Y es que con la nueva medida de “pico y cédula, impuesta en las poblaciones de Cundinamarca y que solo nos permite salir un par de veces por semana para adquirir provisiones, tenía que asegurarme de que nada se me pasara por alto. 

La medida de “pico y cédula”, que rige en las poblaciones de Cundinamarca, permite a las personas salir una sola vez de lunes a viernes y otra más durante el fin de semana.

Al arribar a la caja, entablé una amena conversación con la empleada. Por supuesto, el tema central de la misma no podía ser otro que el COVID-19. Mientras ella facturaba, yo le pasaba los productos al tiempo que los iba acomodando en las bolsas que llevaba de mi casa.  En algún punto, le pregunté si sabía dónde podía conseguir tapabocas, pues estaban escasos en todas las farmacias donde los había averiguado y, en esa medida, no tendría cómo hacer mercado la próxima vez si no encontraba uno de estos. Ella me respondió: “La verdad es que a nosotros solo nos dan los de dotación y tampoco es que abunden, pues solo tenemos uno por turno. La escasez es total”. 

Desconcertada, seguí desempeñando mi labor de empacadora, acomodé las bolsas en el carrito, pagué, me despedí de ella y me dirigí hacia mi vehículo, que estaba situado en el tercer sótano del edificio, el único habilitado para clientes. Cuando terminé de ubicar el mercado en el baúl, quise devolver el carrito a su lugar, pero me percaté de que justo mi antojo de cuarentena se había quedado por fuera. Me asaltó la duda de si era que yo no lo había sacado en el momento de cancelar o si se había salido de alguna de las bolsas. Procedí a revisar el recibo de pago, donde pude verificar que, en efecto, no lo habían facturado. 

Enseguida una voz turbia y tenebrosa se dirigió a mi diciendo: “ay pero ya que te vas a devolver; que pereza tener que subir tres pisos otra vez; además vas a perder tiempo haciendo la fila de nuevo, que, para rematar, está interminable; esa gran cadena de supermercados no se va a quebrar solo porque tú dejes de pagar esa cajita; solo son 18 mil pesos, ni que fueran 100.000″. 

Enseguida relacioné esa voz con la misma que oigo todas las mañanas cuando me levanto y me dice: “qué flojera hacer ejercicio; ya hiciste ayer, así que no hay necesidad de repetir hoy; mejor ve a la cocina y desayuna ya, porque tienes mucha hambre; mientras te cuides con la comida, no va a pasar nada si te saltas un día de actividad física”. Yo la llamo auto sabotaje, ego, ruido, el mismo que aparece de vez en cuando para nublarnos la conciencia. 

Por un instante, me dejé seducir por su atractiva propuesta, al punto de que encendí el vehículo y avancé unos pocos metros. Pero, de repente, una poderosa fuerza me hizo echar reversa y volver a la posición inicial. En forma de eco me decía: “¿en serio vas a poder disfrutar esas carnes maduradas cuando te las estés comiendo, sabiendo que no pagaste por ellas?” Sin siquiera haberlas probado, me atoré, por lo que me devolví de inmediato al almacén y le comenté a la amable cajera lo que había sucedido. Ella estaba sorprendida y emocionada a la vez, al punto de que me dijo: “por favor espéreme aquí. Debo ir a mi locker un momento”. Aterrada pensé que llamaría a la policía a espaldas mías y me llevarían presa. Aguardé unos segundos y cuando la vi venir y situarse cerca de mí, la película de terror que acababa de crear hacía apenas un instante, se desmoronaba para volverse entonces en una de drama, pero del bueno. 

En sus manos traía una bolsa del almacén y adentro, dos tapabocas nuevos y completamente sellados. Me dijo: “por favor tómelos. Yo veré cómo los repongo. Gracias por su honestidad, que tanta falta nos hace, en especial en estos tiempos de escasa solidaridad”. Quise abrazarla, pero recordé que tenía una enorme restricción, causada por el actual virus mundial, que me lo impedía. Sin embargo, mis ojos llorosos se lo dijeron todo. 

Salí renovada, feliz, satisfecha, sin pereza de bajar los tres pisos que me esperaban y completamente convencida de que el tiempo de retraso había valido toda la pena. Pero, lo mejor fue haber podido vencer esa voz, que, si bien no busca más que protegernos, por lo general nos pone en una dirección equivocada. 

Estrenando tapabocas 

A la semana siguiente regresé a la misma tienda, pero, está vez, a las 7 a.m., con el fin de asegurarme de que sería la primera en ingresar luciendo orgullosa mi nuevo tapabocas. Sin embargo, me llevé una gran sorpresa: el almacén abría a las 8 a.m. por tratarse de un domingo. Puesto que no valía la pena retornar a la casa donde estoy pasando la cuarentena, decidí caminar de un lado para otro para matar tiempo, subir escaleras una y otra vez, aprovechando que me había saltado el cardio de esa mañana. 

LA IMAGEN DEL DÍA: Mi carrito parqueado en la puerta desde las 7 a.m. y la señora de al lado viendo cómo ganarse el primer puesto sin madrugar.

Ya cuando faltaban 25 minutos para que abrieran, me ubiqué con mi carrito en el primer lugar. La gente empezaba a llegar y no quería que me arrebataran mi puesto VIP. Mientras aguardaba, noté que en la puerta de vidrio reposaba un letrero en el que se anunciaba que mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y también discapacitados, podrían ingresar a la tienda una hora antes de su apertura, dado que tenían prioridad. Giré la cabeza y vi que el individuo que estaba justo detrás mío cumplía una de esas condiciones. 

Con mucho respeto, le dije: “señor, disculpe, pero usted no tiene por qué esperar Le puedo preguntar, ¿cuántos años tiene?” Él, con todo el desparpajo de un adulto mayor, me respondió: 70. Le señalé el aviso de la puerta y le sugerí que le solicitara al vigilante que le permitiera el ingreso. Cuando lo hizo, el guarda se negó y el señor resignado volvió a su puesto. 

Tomé mi celular, ingresé a Twitter y reporté lo que estaba pasando, exigiéndole a la cadena de supermercados que hiciera efectiva su promesa de venta. Luego, le golpeé al celador nuevamente y le exigí que cumpliera la norma. Si algo he aprendido desde que vivo en USA es que los derechos de esta población y de todas las demás hay que hacerlos cumplir y que si nos seguimos quedando callados, las políticas de servicio de los negocios nunca van a mejorar. 

Así fue como, por fin, el hombre logró acceder antes de que todos los demás pudiéramos hacerlo. Minutos más tarde ingresamos el resto y una vez adentro empecé con la labor de compras. Cuando ya casi terminaba, el señor, a quien minutos atrás había ayudado, se acercó a mí y con una voz cálida y amorosa me dijo: “sin darte cuenta hoy me diste una gran lección y es que tengo derechos, que debo hacer valer. Nunca es tarde para entenderlo”. Me cogió desprevenida, debo admitirlo, lo que hizo que mi capacidad de reacción fuera mínima. 

Quedé perpleja y solo atiné a responderle: “me alegra mucho”. Acto seguido, los ojos aguados volvieron a aflorar, llegando nuevamente a la conclusión de que no hay un lugar ni un momento justos para aprender, para ser solidarios, para crecer y convertirnos en mejores seres humanos. Que basta con estar despiertos y alerta a recibir los mensajes que el Universo tiene para entregarnos. Y, lo principal, que la verdadera transformación del mundo empieza por nosotros. Hoy, no veo la hora de que llegue el viernes y no precisamente para surtir la nevera, sino para atiborrar mi carrito de supermercado con nuevas experiencias de vida. 

11 comentarios en “Shopping espiritual

  1. Maravilloso aprendizaje. Todos mis elogios para este fascículo de aprendizaje espiritual. Cuan inhumanos somos y qué necesidad de cambio tenemos.

  2. Gracias Evelyn Dios te bendiga infinitamente, siempre con lecciones de vida. Un abrazo ( me alegra poder saber de ti nuevamente, extraño mucho los carretazoa en Instagram?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s